A CINCUENTA AÑOS DE UN NACIMIENTO INESPERADO
El Espíritu, como el viento, sopla hacia donde quiere y no sabes de dónde viene y a dónde va… Así sucede con todo lo que nace del Espíritu. (Jn. 3,8)
A esta altura de los años, creo que somos pocos los que aún podemos testimoniar el nacimiento del CEFyT desde las entrañas mismas de su historia. Por eso me han propuesto, y ahora me propongo, hacer memoria de por qué y cómo surgió, inesperadamente, este Centro de Estudios. Y me disculpo porque en parte del relato no puedo dejar de referirme a mí mismo, pero así se dieron las circunstancias. Mi memoria cuenta, también, con el auxilio de lo consignado por el P. Gustavo Alonso en su libro Cien años en misión. Los Claretianos en Argentina y Uruguay.¹
ANTECEDENTES
Desde 1942 los claretianos teníamos organizado nuestro propio Centro de Estudios de Filosofía y Teología en Córdoba (anteriormente estaba en Chascomús, Buenos Aires), ubicado al noroeste de la ciudad sobre el Camino a Los Boulevares (hoy Av. Padre Claret), en la finca identificada con el nombre de “Villa Claret”.
A los aires innovadores y sinodales del Concilio Vaticano II (1962-1965), durante el año 1967 se generó un movimiento de acercamiento y colaboración –con la anuencia de sus respectivos superiores– de los responsables académicos del Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto (al que concurrían los seminaristas de las Arquidiócesis y Diócesis cordobesas y cuyanas) y de los Teologados de Villada (donde se formaban los Salesianos de las cinco Inspectorías argentinas), San Alfonso (Redentoristas) y Villa Claret (Claretianos), que culminó en diciembre de ese mismo año con la creación del Studium Theologicum de Córdoba. Surgía así un nuevo Centro común para los estudios de Teología cuya sede se establecía en el Seminario Diocesano y era conducido por un Consejo Superior compuesto por el Arzobispo de Córdoba, quien lo presidía, los otros Obispos participantes y los Provinciales de las tres Congregaciones fundadoras.
Las actividades del Studium se iniciaron el 7 de marzo de 1968, pero serían de corta duración. Al concluir su quinto año de funcionamiento, en que había de renovarse el contrato, el Arzobispo de Córdoba diagnostica que la conducción colegiada era inadecuada para la problemática del Centro, que escapaba al control necesario de una autoridad más inmediata y que no se sentía con ánimo de mantener la estructura del Studium. Proponía entonces, que las partes quedaran libres del compromiso asumido y que cada una provea la formación de sus Estudiantes. Por su parte, manifestaba su intención de mantener el ámbito académico teológico del Seminario con una estructura más funcional de orden diocesana, abierto a quienes quieran estudiar en él (Carta al Superior Provincial del 22/11/1972 y otra del 27 del mismo mes).
El Gobierno Provincial de los Claretianos aceptó el cese del Studium y comunicó a las autoridades pertinentes que los alumnos claretianos continuarían asistiendo a las clases del Seminario Diocesano a partir del curso de 1973. Este organizó la estructura de los estudios teológicos en cuatro años, conformada por un año introductorio y un ciclo trienal.
En 1975, por falta de alumnos, en el Seminario no se iba a dictar el año Introductorio de Teología, sino sólo el curso que correspondía ese año del ciclo teológico trienal. Coincidentemente, ese año yo debía reiniciar mis estudios de Teología después de cuatro años de haberlos dejado. Ante la dificultad de no contar con el dictado del año Introductorio y tener que pasar directamente al ciclo teológico sin cursar las materias de “ablande” iniciales, le pedí al Superior Provincial, P. Gustavo Alonso cmf, que pudiera cursar el año Introductorio en casa, con el buen grupo de profesores claretianos que residían en las comunidades de Córdoba. La idea no fue rechazada, pero no resultaba del todo convincente concretarla para un solo alumno. La cosa cambió cuando hacia fines de 1974 le comunican a nuestro Provincial que dos Estudiantes claretianos de Perú y otro de Bolivia, vendrían el año siguiente a nuestra casa de formación para iniciar los estudios de Teología. Entonces sí, ante la nueva situación, nuestra insistencia y el apoyo de varios profesores claretianos logró que tomara forma la organización del año Introductorio en casa.
SE GESTA EL EMBRIÓN
Comenzamos las clases en marzo de 1975. Éramos cuatro alumnos claretianos (Johnny Velasco Hallens, Waldo Pérez Moma, Arturo Hilario Jamanca y quien suscribe) y un franciscano conventual que se sumó al poco tiempo de iniciarse el curso (Fray Leopoldo Bóscaro OFM Conventual). Las Misioneras Claretianas, en su colegio Claret, nos cedieron por las tardes un aula y un espacio de recreación. Estar ubicados casi en la Av. Rafael Núñez, facilitaba la llegada de los profesores que utilizaban medios públicos para viajar. Comenzó el curso con una consigna y un objetivo muy determinado: realizar ese año el curso Introductorio y pasar al año siguiente a continuar los estudios teológicos en el Seminario Diocesano.
Contábamos en Córdoba con un buen grupo de profesores claretianos: los PP. Raúl Mehring, Félix Eduardo Cisterna, Leónidas Miani, Joaquín Cano, Aldo Drewniak, Emilio Ferrari, y algunos de otras Congregaciones como los PP. Félix Casá y Ricardo Baztán, redentoristas. Tampoco faltó el aporte de los laicos en la persona de Mabel Vekic.
En el desarrollo del primer cuatrimestre fuimos experimentando las potencialidades que tenía “eso” que habíamos comenzado, la riqueza de contenido que nos brindaba, la apertura a nuevos horizontes en la reflexión teológica y, sobre todo, la oportunidad de ir poniendo en práctica los caminos nuevos que el Concilio Vaticano II, las orientaciones de Medellín y las directrices que nuestros primeros Capítulos Generales de renovación congregacional postconciliar (1967 y 1973) nos daban para la formación a la vida religiosa y al presbiterado.
En un estilo de relaciones fraternas, cercanas, y a la vez comprometidas con la seriedad y profundidad en el estudio; en un ambiente de diálogo espontáneo, fecundo y productivo, fuimos valorando más y más ese ámbito de formación que había surgido y que –particularmente los alumnos– cuidábamos con mucha atención aún en las pequeñas cosas cotidianas, como los momentos de recreación compartida con los profesores. Queríamos “encantarlos” con ese nuevo ámbito de estudios teológicos porque habíamos comprendido que había nacido algo que no podía tener vida tan sólo un año.
Y poniendo manos a la obra, a inicios de julio de 1975 los estudiantes claretianos de Teología, tanto los que hacíamos el primer año en casa como los que cursaban en el Seminario Diocesano, enviamos a nuestro Superior Provincial y su Consejo una carta amplia y bien fundamentada solicitando se estudiara la posibilidad de reabrir nuestro propio Centro de Estudios, como se lo había tenido hasta 1967, asumiendo las nuevas orientaciones de los Capítulos Generales de la Congregación en lo referido a la formación en general de los Estudiantes y particularmente a los estudios filosóficos y teológicos. En todo este proceso el joven P. Félix Eduardo Cisterna pasó a ser el alma mater de lo que sería el CEFyT, acompañando, sosteniendo y orientando el deseo manifestado por los estudiantes.
A esta petición de los Estudiantes responde el Superior Provincial con carta del 14 de julio de 1975, dirigida a los Sres. Estudiantes de Teología de Villa Claret, en la que acusa recibo de la exposición que le fuera enviada y manifiesta que, habiendo sido atendida en distintas instancias de gobierno, se resolvió que él mismo “se hiciera cargo personalmente de estudiar el asunto y de detectar las posibilidades concretas de una solución bien elaborada y sólida”.
Sin pérdida de tiempo, el P. Gustavo Alonso inicia diálogos con el Gobierno General y con otros Organismos claretianos de América Latina. También con otras Congregaciones (Redentoristas, Franciscanos Conventuales, Paulinos, Mercedarios, Saletenses, Pasionistas) que se habían manifestado interesadas en la experiencia que había surgido en casa de los claretianos. También con el Arzobispado de Córdoba y las autoridades del Seminario Diocesano.
Fruto del trabajo diligente realizado por el P. Gustavo sobre este asunto, a finales de noviembre de 1975 el Gobierno Provincial decide formalmente reiniciar los estudios de Teología vinculados a la comunidad claretiana de Villa Claret, a partir de marzo del año siguiente.
NACE EL CET
Una vez tomada tal decisión, se inicia el período de dar forma a la organización del nuevo Centro de Estudios Teológicos (CET). En diálogo con las otras Congregaciones interesadas en participar del CET (y seguramente influidos por la experiencia frustrada del Studium Theologicum) se deshecha la idea de hacer un Centro Intercongregacional y se prefiere hacerlo dependiente de una Congregación, en concreto de la que lo había iniciado, pero con una organización de amplia participación y corresponsabilidad de todos sus estamentos.
Con estas perspectivas, en diciembre de ese año el P. Provincial con los formadores de la comunidad de Villa Claret elaboran las Bases para la Reorganización de los Estudios Teológicos. Estas BASES definen:
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Asumir plenamente las orientaciones del Concilio Vaticano II.
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Acoger las líneas pastorales enunciadas por el Episcopado Latinoamericano (Medellín 1968, y luego Puebla 1979) y por el Episcopado Argentino, a través del poco conocido documento de San Miguel de abril 1969, que se proponía bajar el documento de Medellín del CELAM a la realidad argentina.
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Plasmar las líneas de formación claretiana surgidas de los Capítulos Generales de renovación postconciliar (1967, 1973… 1979).
E impulsan:
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La renovación eclesial, con su pasión misionera, contextualizada en tiempo y espacio (Lumen Gentium y Ad Gentes).
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La centralidad de la Palabra, en la vida del Pueblo de Dios y, particularmente, como fundante de los estudios teológicos (Dei Verbum).
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Los valores propios de la consagración religiosa (Perfectae Caritatis) y la renovada formación sacerdotal (Optatam Totius).
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Una fuerte presencia de la realidad argentina y latinoamericana. (Gaudium et spes – Medellín – San Miguel).
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La historicidad: acompañar la aventura de la vida humana en el tiempo, a la luz de la Palabra y bajo el impulso del Espíritu.
Y en su forma organizativa implementa un estilo de diálogo, de participación y corresponsabilidad por parte de todos aquellos que lo componen: Superiores, Formadores, Profesores y Alumnos, con sus estructuras correspondientes.
Y como se había previsto, el 08 de marzo de 1976 se inicia formalmente la actividad académica del CET (Centro de Estudios Teológicos). Fue su primer rector el P. Raúl Mehring cmf y Coordinador de Estudios el P. Félix Eduardo Cisterna cmf.
Más allá de las naturales limitaciones de una obra incipiente, el Centro comenzó realizando sus actividades en un ambiente de serenidad y plena dedicación a su objeto. Lo que no faltaron fueron momentos de zozobra por situaciones externas vinculadas al Proceso² que vivía entonces el país, particularmente entre los meses de julio-agosto de 1976.
El 18 de julio de 1976, después de haber sido secuestrados, son asesinados Fray Carlos de Dios Murias OFM Conventuales y el Pbro. Gabriel Longueville, en Chamical (La Rioja) donde desarrollaban su tarea pastoral. Fray Carlos era miembro de la comunidad de los Franciscanos Conventuales de Saldán, cuyos estudiantes eran alumnos del CET. El 3 de agosto son secuestrados todos los integrantes de la comunidad formativa de los Misioneros de La Salette, alumnos del CET, quienes vivían en una casita cercana al Centro de Estudios en el barrio Los Boulevares. El 4 de agosto es asesinado el Obispo de La Rioja, Mons. Enrique Angelelli. Estos acontecimientos, y otros de menor relevancia, pero también agresivos, provocaron una fuerte crisis, particularmente entre los estudiantes claretianos de otros Organismos de América que temían continuar sus estudios en tales circunstancias. En una sentida Eucaristía que congregó a toda la comunidad formativa claretiana de Villa Claret, el P. Provincial –que la presidía– reafirmó el compromiso de la Congregación con el CET y sus líneas de inspiración en medio de la situación que se vivía, dando posibilidad, a quien lo deseara, de continuar sus estudios en otro lugar. Ninguno abandonó la barca, a pesar de la tormenta borrascosa que nos afectaba.
FINALMENTE, EL CEFyT
Las Congregaciones tenían, de distintos modos, organizados los cursos de Filosofía de sus estudiantes. Pero durante el año 76 fue surgiendo, entre alumnos y algunos profesores del Centro, la inquietud de lograr una formación académica que integrara en un mismo estilo armonizador los estudios de la Filosofía y la Teología.
Los Superiores claretianos al crear el CET dieron por realizado aquello que se les había solicitado y propuesto y no entraba, en su perspectiva del Centro, la idea de integrar el currículo filosófico. Finalmente, algunas circunstancias (como la reubicación de los Estudiantes claretianos de filosofía –de otros países latinoamericanos– que estaban haciendo sus estudios en el Seminario Diocesano) y el accionar de algunos miembros de la comunidad educativa (particularmente del P. Cisterna que, en previsión de imprevistos, venía armando un plan de estudios de filosofía y evaluando los posibles profesores) más que facilitar, promovieron las cosas, y permitieron que a fines del 76 se decidiera la inclusión de los estudios filosóficos dentro del proyecto del Centro de Estudios ya iniciado.
De este modo, a partir de marzo de 1977, una vez incorporados los cursos de Filosofía, comienza a funcionar en plenitud el CEFyT. Se mantienen la orientación y la organización definidas en las Bases y se organiza un nuevo Plan de Estudios integrando el desarrollo de las materias filosóficas y teológicas en siete años: un año propedéutico, cuatro años combinados de Filosofía y Teología y finalmente un bienio exclusivamente teológico.
Desde 1975 y hasta el primer semestre de 1981, el centro continuó funcionando en el Colegio Padre Claret de la Hnas. Claretianas, en horario vespertino. Desde el segundo semestre de ese año, comenzó a funcionar en su sede actual.
No le faltaron al CEFyT las dificultades eclesiásticas propias de quienes inician nuevos caminos, aventurándose por iniciar nuevos senderos en una institución bimilenaria como es la Iglesia, con las alforjas llenas de sabiduría amasada con los años, pero también con la carga pesada y frenadora del resabio que desdibuja y desfigura su identidad y su misión. La existencia del CEFyT en aquellos tiempos fue, para algunos, luz y esperanza eclesial; para otros, ámbito sospechado de desorientación y equívoco doctrinal, pastoral… especialmente para quienes acusaban, en general a la vida religiosa latinoamericana, de un imaginario magisterio paralelo. Pero lo que hace cincuenta años fue novedoso, esperanzador, escandaloso, hoy forma parte del bagaje de buena parte de la Iglesia de nuestro tiempo, particularmente animado por el pastoreo eclesial del Papa Francisco.
CONCLUSIÓN
Desde aquel embrión destinado a durar sólo un año, se han cumplido ya 50 de crecimiento, madurez y servicio eclesial en la formación de evangelizadores que hoy se encuentran esparcidos por muchos lugares del mundo. Varios de ellos han venido asumiendo roles y responsabilidades de animación y conducción en Congregaciones y Diócesis.
En las líneas del Concilio Vaticano II y sus desarrollos posteriores, particularmente animadas hoy por el Papa León XIV, en este camino sinodal en el que la Iglesia está empeñada, percibimos que el CEFyT tiene reconfirmada su misión en la formación de evangelizadores. Especialmente en colaborar para que la Iglesia cuente, cada vez más, con un laicado consistente, participante y activo en su vida y en sus servicios misioneros.
Los tiempos han cambiado, las metodologías, los instrumentos, las posibilidades y tantas otras cosas son distintas, pero la misión es la misma. Requiere auténtica apertura al Espíritu en un proceso de discernimiento que nos facilite captar por dónde quiere llevarnos hoy Su soplo suave y a la vez enérgico, renovador de mentalidades y estructuras dispuestas al servicio del Proyecto de Jesús.
Porque el Espíritu, como el viento, sopla hacia donde quiere y no sabes de dónde viene y a dónde va…
Domingo Ángel Grillía, cmf
Junio 2026
Notas al pie de página:
¹ Cf. P. GUSTAVO ALONSO, Cien años en misión. Los Claretianos en Argentina 1901-2001,…
² Nota del editor: el Proceso de Reorganización Nacional, nombre proclamado por la propia dictadura militar en actos, documentos, etc., durante todo su tiempo en el poder (1976-1983), se inicia en la mañana del 24 de marzo de 1976 con el golpe de Estado de la Junta militar –conformada por los comandantes en jefe de las tres armas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea)–, contra el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, quien había asumido la primera magistratura el 1 de julio de 1974, luego del fallecimiento del presidente Juan Domingo Perón.
Publicado originalmente en: Anatellei: se levanta, año XXVIII, nº 53, julio 2026, pp. 7-13


