Semana de Estudios 2019 – 29 de agosto – Bloque I: El testimonio de San Óscar Romero

Damos inicio a la XL Semana de Estudios, cuyo lema es “Iglesia y Martirio: camino de servicio y testimonio en América Latina”. La misma abordará la temática en tres instancias: el ayer, el hoy y el mañana. En esta primera jornada, nos centraremos en el ayer de la Iglesia martirial latinoamericana, especialmente en los testimonios de San Óscar Arnulfo Romero y los Beatos Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Perernera.

El Hno. Fernando Kuhn, coordinador del Departamento de Extensión del CEFyT presenta la Semana y a quien nos acompañará desde su testimonio de cercanía San Óscar Romero, el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San Salvador.

Iniciamos con un momento orante a cargo del equipo de liturgia, haciendo una memoria de Monseñor Romero, y escuchando la Palabra de Dios: Lc 19,37-44.

El Cardenal comienza su exposición, basándose en su testimonio durante el tiempo compartido junto a San Óscar Romero. Acerca de la personalidad del santo, nos comparte que su psicóloga lo definió como impulsivo, compulsivo y obsesivo, y el propio santo se reconoció en esta descripción. “Definir a Romero es difícil: algunos dicen que es un subversivo, otros un buen pastor; sin duda una persona que genera distintas interpretaciones. Pero algo indiscutible es que fue y se reconoció como un pastor. Y hay tres rasgos fundamentales: un hombre de Dios, un hombre de Iglesia y un servidor de los pobres”. En el 2007 el entonces Card. Jorge Bergoglio, actual Papa Francisco, en visita a El Salvador, afirmó “si yo fuera Papa, a Romero ya lo habría canonizado”… finalmente cumplió su palabra.

El Cardenal nos cuenta que Óscar Romero, en la misa del lunes previo al domingo de la Pasión, el 24 de marzo de 1980, cambió la lectura del evangelio (Lc 8,1-11, “la mujer adúltera”) por la de Juan 12, 24: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” Esto se transformó en una anticipación de lo que sucedería posteriormente. Pues en esa misma misa fue asesinado sobre el altar, y así selló su entrega con la misma muerte.

Monseñor Romero también tuvo una relación cercana con el Card. Eduardo Pironio, muy criticado y perseguido en Argentina, por su opción por los pobres. Él fue quien le enseñó lo que implicó la conferencia de Medellín (1968), la que Romero tomaría luego como base de su Carta Pastoral programática al inicio de su episcopado, en la que sueña “a la Iglesia pobre, misionera y pascual”.

Romero fue un hombre considerado por cuatro papas (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco), todos ellos admirando de diversos modos su testimonio. “Romero fue un santo incómodo; muchos no querían que fuera canonizado, preferirían un santo descafeinado, buena gente, piadoso, rezador, bonachón, una Madre Teresa en masculino (…). Pero Romero llegó como es, a los altares… no lo descafeinaron, gracias a Dios”. Como decía Romero, “la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la Historia”, y si es verdaderamente esto, habrá “tinkunaco”, voz quecha que significa “encuentro”.

Luego de un trabajo por grupos leyendo fragmentos del Diario de Óscar Romero, se hizo un plenario sobre las resonancias de lo compartido, donde se destacó: el compromiso con el pueblo sufriente, la dimensión profética, el “sentir con la Iglesia”, el gran sentido de piedad, su actitud de escucha y construcción colectiva, siendo un hombre de comunión, siempre en salida; alguien que sabía aceptar las críticas y pedir consejo a la gente; y sobre todo con una gran conciencia de sí mismo y del propio presente.

Sin lugar a dudas, el gran aporte de Romero fue hacer una Iglesia según el pueblo: caminando, construyendo y confesando a Jesús; una Iglesia siempre en camino, una Iglesia que no puede detenerse.